Huber Matos: anecdotario en primera persona

WILFREDO CANCIO ISLA
23 de octubre de 2009

A 50 años de los dramáticos sucesos que estremecieron la vida cubana tras anunciar su renuncia como comandante revolucionario, Huber Matos está más comprometido que nunca a no olvidar. Cree en la memoria como un recurso para salvar el futuro de Cuba y recuenta su pasado de aventuras, triunfos y agonías con la pasión de un guerrero que no escatima energías ni tiempo para hablar de la patria.

Matos, de 91 años, no se cansa de relatar con lujo de detalles las anécdotas que rodearon sus días de gloria y su decepción del poder revolucionario, codeándose con los principales hombres de aquella gesta liderada por Fidel Castro.

Este domingo reunirá en las oficinas de la organización que dirige, Cuba Independiente y Democrática (CID), a amigos y seguidores para escuchar una grabación que hiciera en la madrugada del 21 de octubre de 1959, cuando presintió que ese sería el último día de su existencia. La cinta fue conservada y sacada de Cuba hacia Puerto Rico poco después de su arresto, y ha podido conservarse hasta hoy en un disco de acetato. El mensaje dedicado al pueblo cubano es una apelación final a Fidel Castro, reafirmando la lealtad a los principios democráticos.

Antagonismo con Fidel

Fidel Castro y yo siempre tuvimos un marcado antagonismo personal, porque a pesar de que él reconocía mi capacidad organizativa y liderazgo, era una persona que acostumbraba a insultar y humillar a sus subordinados, y conmigo eso no funcionó, simplemente no se lo permití nunca. Por eso decía que yo era muy impulsivo. A veces eran insultos con palabrotas y agravios delante de toda la gente, con el fin de avergonzarte. Recuerdo una reunión en el Tribunal de Cuentas de La Habana, a fines de marzo de 1959, con más de 100 miembros de la dirigencia del Movimiento 26 de Julio y del Gobierno revolucionario. Allí Fidel la emprendió contra el propio Raúl Castro por la tardanza en el traslado de los campamentos militares. Le dijo indecencias realmente indecorosas. Raúl salió de allí llorando, con la cabeza baja.

La popularidad de Camilo

Fidel sentía un celo tremendo por la popularidad de Camilo Cienfuegos, que era un líder natural, con una simpatía que contagiaba. Y porque era un hombre extremadamente valiente. El había establecido que los cinco jefes principales de la revolución éramos, por orden de jerarquía, Fidel, Raúl, Huber Matos, Camilo y el Che Guevara. Pero desde muy al principio del triunfo, en los primeros meses de 1959, comenzó a hablarme mal de Camilo. Me dijo que había cometido un error al nombrarlo al frente del Estado Mayor del Ejército Rebelde. Que Camilo era un bohemio, que tomaba demasiado aguardiente y lo descocaban las mujeres. Camilo cayó en desgracia por su carisma de gente de pueblo. Estaba también muy preocupado por el rumbo comunista que se asomaba ya en la revolución. De eso conversamos mucho Camilo y yo. Es muy curioso que en el último discurso de Camilo desde el Palacio de la Revolución, en el acto para denigrar sobre mi conducta, Fidel lo puso a hablar como penúltimo orador antes que él y se suponía que debía hablar de mí. Sin embargo, no pronunció mi nombre y terminó el discurso pronunciando los famosos versos de Bonifacio Byrne sobre la bandera. A mí me obligaron a oír ese discurso desde una celda en el Castillo del Morro y me sorprendió mucho que ni me mencionara ni pidiera paredón para mí. Eso yo pienso que fue su sentencia de muerte. Después de eso yo recibí los recados confidenciales de Camilo en la prisión, a través de un enviado del Estado Mayor, de que debía fugarme, porque me iban a fusilar. Su desaparición dos días después no hizo más que confirmar mis sospechas de que los Castro querían quitárselo del camino.

Los fusilamientos

Sí, en Camagüey hubo fusilamientos, pero traté de que los tribunales establecidos se guiaran por reglas definidas y que se condenara a morir estrictamente a aquellas personas que tenían crímenes probados, no por las arengas de Fidel Castro. Camagüey fue la región donde menos se fusiló en todo el país. Cuando Fidel venía a mi casa en Camagüey criticaba que no se estaba siendo enérgico en los juicios, que no se estaba fusilando suficiente. Decía que había que dar una lección histórica. Fue una estrategia calculada: sembrar el temor en el pueblo antes de que la revolución se tornara marxista leninista.

Raúl Castro y la noche de San Bartolomé

Raúl es un hombre muy hábil en la insidia, capaz de predisponer a una persona contra otra con mucha malicia. Es muy inteligente para la maldad y tiene sangre fría para matar. En una reunión que tuvimos en el Palacio Presidencial el 11 de junio de 1959 me dijo que para que la revolución se consolidara había que realizar en Cuba una noche de San Bartolomé, que es como se conoce la masacre perpetrada contra los hugonotes en Francia en 1572. Raúl me contó una vez que cuando él se estableció con su columna en la zona de Mayarí, en los días de la Sierra Maestra, eliminó a muchos rebeldes por ser indisciplinados, que se negaban a obedecer a su mando. “Les di guiso, guiso sin contemplaciones”, me dijo. En Santiago de Cuba, luego del triunfo de 1959, me dijo que de la justicia revolucionaria se encargaría él. La misma mañana del 12 de enero de 1959, cuando yo fui trasladado a Camagüey, fusiló a más de 100 personas en Santiago de Cuba.

Un hombre tenebroso

Ramiro Valdés estuvo a cargo de mi custodia cuando me arrestaron y fui trasladado desde Camagüey a La Habana. Es un asesino de pura raza, muy dócil a los Castro. Tenía cierta rivalidad con Raúl desde los días de la Sierra Maestra, pero eso ya lo superaron hace rato. Es un hombre tenebroso, le place hacer daño. En la Sierra tenía el rol de detectar y matar a los que se infiltraban en las filas rebeldes.

Mi amigo el Che Guevara

Conocí al Che en la Sierra , estuve al principio bajo sus órdenes y pronto hicimos una gran amistad. Era un aventurero que estaba aguardando por un espacio para cumplir alguna hazaña, y la revolución le venía al dedillo para sus propósitos. Eso me lo confesó él mismo cuando le pregunté por qué se había enrolado en la revolución. No era entonces un asesino nato, aunque luego en la Cabaña fusiló sin piedad a mucha gente. Fueron los Castro quienes lo convirtieron en un matarife, en una máquina de matar. Se acercó a mí porque yo tenía una preparación cultural y le gustaba debatir sobre literatura y escritores. Todas las mañanas hacíamos un tiempo para hablar de Dostoievski, de Víctor Hugo, de Balzac. Era un hombre culto. Un día le dije que me parecía que ideológicamente él estaba muy cerca del marxismo. “Yo tengo algo de marxista, pero nunca compatibilizaría con un sistema como el estalinismo soviético”, me confesó. Creo que en ese momento hablaba con sinceridad.
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Por | 2018-01-04T22:38:40+00:00 septiembre 2nd, 2015|Ayuda humanitaria, Donaciones|Sin comentarios

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